Oscar Augusto Rivas Sánchez

Pasó la Semana Santa, ocasión en la que se esperaba volver a la normalidad, como era antes de la crisis de salud.

Para unos, oportunidad de recogimiento; para otros, el momento de olvidarse del quehacer diario y darse unas horas de recreación y jolgorio. Parece que muchos lugares recreativos fueron muy concurridos, las gráficas que hemos podido ver así lo atestiguan.

En el tema de las tradiciones, que bueno que en su mayoría estuvieron presentes.

La tarde del martes en el Centro Histórico, el cortejo procesional tuvo buena asistencia de público, aún cuando poco entusiasmo y orden.

Igual que lo habíamos hecho en los últimos años (salvo la pandemia), el viernes madrugamos para visitar la Ciudad Colonial, ver salir el cortejo de La Merced, disfrutar la belleza y creatividad de las alfombras que los antigüeños preparan, degustar un buen desayuno y volver a la casa a media mañana, aprovechando que por la hora, el tráfico era mínimo y el viaje bastante rápido. Pero no fue igual: para principiar el cortejo salió a las tres de la mañana, es decir, dos horas antes de lo acostumbrado y luego, el número de alfombras muy reducido y su calidad muy pobre, no estuvo presente el arte efímero como en los años pasados, una lástima. Lo que si se mantuvo fue la calidad del desayuno, el área que para el efecto dispone el hotel que visitamos, estaba prácticamente llena, algo muy positivo para la economía.

Al anochecer, quisimos ver el experimento de llevar el cortejo procesional a zonas que nunca habían sido testigas de tal cosa, en la Avenida la Reforma -la vía más bella de Centro América- vimos gran cantidad de público, que con mucha comodidad observaba la procesión, y en las áreas aledañas hubo fluidez de tráfico. Fue algo nuevo y útil, que permitió a los concurrentes observar el acontecimiento sin los grandes problemas que dan las aglomeraciones.

Párrafo aparte merece la alfombra que tanto se publicito con fines políticos y comerciales. Se tuvo el atrevimiento de decir que era la más grande del mundo, queriendo poner un velo de olvido a la que para recibir a San Juan Pablo Segundo, en su primera visita a Guatemala, fue elaborada bajo la dirección del padre Chemita y que tuvo una extensión de aproximadamente trece Kilómetros. La alfombra era muy sencilla, por no decir rústica: su material fue selecto, no serrín de colores; los bordes hechos a la carrera, descuidados; usaron moldes decorativos iguales para toda la extensión; no hubo colorido, corozo, flores ni pino; el arte estuvo ausente, era evidente que la elaboraron trabajadores sin experiencia en el tema, no los artistas que tanto esmero ponen en esas obras. Eso sí, al igual que en otros municipios, se aprovechó para hacer campaña anticipada, para dar oportunidad de exhibir figuras políticas.

Volvió la tradición de Semana Santa, poco a poco vamos regresando a nuestras costumbres.

En todo esto nos hubiera encantado encontrarnos con el estimado Luis Linares y sus nietos, cucuruchos de toda la vida, pero no coincidimos.