Luis Fernando Mack

“Hay un punto en el que suelen converger los críticos: en vez de invertir en diseños gráficos, logotipos y marketing, el país debería priorizar la inversión en mejorar la infraestructura para llegar a los lugares turísticos y la seguridad para los turistas (Juan Diego Godoy)

Hace pocas semanas, el Gobierno del presidente Alejandro Giammattei presentó lo que llamó la nueva “marca país”, sintetizada en la frase “asombrosa e imparable”, esfuerzo que tenía como objetivo posicionar a Guatemala como un destino turístico de primera línea. Indudablemente, la intención del presidente y su equipo pudo haber tenidos sobradas razones para desarrollarse, en especial porque lo que ha existido antes han sido logotipos y campañas publicitarias que han estado por completo desconectadas de lo que podría llamarse la “esencia” de la guatemalidad. La nueva estrategia publicitaria, por lo tanto, pretende diferenciar a Guatemala como un destino único en la región, aspecto que de consolidarse, conllevaría mejores resultados comerciales, ya que incentivaría la denominada industria sin chimenea: el turismo, lo cual podría llevar beneficios económicos a muchos guatemaltecos.

Lamentablemente, las élites políticas y económicas de este país han vuelto a demostrar su marcada miopía que los guía: pretenden construir desde un escritorio, la identidad y la unidad que en realidad, no existe por ningún lado. Guatemala como sociedad siguen siendo un mosaico complejo de identidades, dinámicas territoriales e intereses muchas veces contrapuestos que configuran una sociedad que bien podría describirse con el eslogan “asombrosa e imparable”, siempre y cuando existiera el mínimo respeto, dignificación y solidaridad a esa diversidad que tanto se señala en la descripción de la marca país. Todos los logos que han existido hasta ahora, siempre se refieren a la cultura milenaria de los pueblos mayas; sin embargo, más allá de la estrategia comercial, esos mismos pueblos originarios son los más pobres, excluidos y desvalorizados de todos los ciudadanos guatemaltecos. Justo por ello, cualquier estrategia de marketing que no considere revalorizar y reivindicar la agenda de los pueblos originarios, es una contradicción de fondo: acepta la cultura maya, pero no acepta a los descendientes de esa cultura. De esa forma, Guatemala podrá ser cualquier cosa, menos asombrosa e imparable, al menos no como fue descrito por los creadores de esa frase.

Para que una “marca país” sea coherente, debe de generar una identificación generalizada de quienes supuestamente representa, ya que estaría construida para mantenerse a lo largo del tiempo. En ese sentido, no puede haber una “marca país” en un contexto de marcadas diferencias sociales, económicas, culturales e identitarias que difícilmente pueden ser representadas por un logo. Para que exista una marca país, debe existir un esfuerzo realmente coherente para convertir a este bello país, en un sentimiento realmente de unidad y de orgullo no solo para quienes tienen privilegios, sino para todos aquellos que han nacido en su suelo, lo cual significa que dejemos de ser un país que expulsa a sus propios ciudadanos, ya que no todos tienen garantizadas las mínimas condiciones de vida.

El dinero que fue usado para pagar esa ostentosa y poco coherente “marca país” pudo muy bien ser utilizado para mejorar la infraestructura que necesitan los lugares turísticos, aspecto en el que realmente tenemos tanto que trabajar. Pero claro está, trabajar en una identidad nacional en serio, o dedicarse realmente a pensar una estrategia turística integral que no se reduzca únicamente al logo, parece ser demasiado trabajo para estos funcionarios que solo piensan en la imagen, nunca en los aspectos de fondo. En ese sentido, lo más seguro es que de aquí a unos años, el caro, ostentoso e incoherente logo de Giammattei tendrá el mismo destino que el resto: ser olvidado al cajón de las pésimas ideas.