Luis Felipe Linares López

Durante la primera mitad del siglo XIX la Revolución Industrial provocó un crecimiento económico sin precedentes, pero no se tradujo en el mejoramiento de la vida de los trabajadores. Los salarios se mantuvieron iguales o incluso bajaron respecto a los finales del siglo XVIII y el trabajo se realizaba en condiciones infrahumanas, con jornadas extenuantes, en ambientes insalubres y sin descanso remunerado, entre otras. Incluso las primeras leyes emitidas para proteger a los niños trabajadores parecen ahora un mal chiste. En 1841 Francia prohibió que en las fábricas trabajaran niños menores de ocho años.

En medio de episodios de salvaje represión, como el caso de los Mártires de Chicago en cuya memoria el 1 de mayo fue establecido en casi todo el mundo (menos en los Estados Unidos) como Día del Trabajo, los sindicatos lograron que poco a poco mejorara la situación de los trabajadores. La primera gran reivindicación fue la jornada de 8 horas, en una época donde duraba entre 14 y 16 horas.

Robert Owen, uno de los precursores del socialismo democrático, formuló en 1817 el lema “8 horas de trabajo, 8 horas de recreación y 8 horas de descanso”. Las condiciones que ahora nos parecen normales, aunque en Guatemala muchas se cumplan en escasa medida, son principalmente fruto de la lucha sindical del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Las limitaciones a la jornada de trabajo, el pago de tiempo extraordinario, el salario mínimo, el descanso semanal remunerado, las vacaciones pagadas, entre otras, se deben a esa lucha.

Por una serie de motivos, pero principalmente porque los trabajadores del sector privado tienen temor a formarlos, la organización sindical es débil y los trabajadores carecen de un instrumento que les permita compensar la desigualdad natural que existe en la relación individual de trabajo y tener poder de negociación.

En una encuesta realizada en 2021 en el departamento de Guatemala, por el proyecto Promoviendo el trabajo decente para todos, que ejecuta ASIES, el 61 % de los entrevistados – trabajadores asalariados y a cuenta propia – expresó que organizar y participar en sindicatos es un derecho humano fundamental; el 52 % de los empleados privados encuestados afirmó que los trabajadores del sector privado no tienen libertad para participar en sindicatos; el 44 % dijo que no se afiliaría a un sindicato por temor a ser despedido y el 21 % respondió que uno se de color y después lo llevan mal.

Entre las razones de que haya pocos sindicatos y baja negociación colectiva, el 52 % señaló que se debe a las represalias que toman los empresarios contra los que intentan organizar un sindicato; y el 18 % que las empresas no contratan a quienes han participado en un sindicato. A todas estas preguntas alrededor de un tercio expresó opiniones negativas, como que los sindicatos son fuente de problema, los dirigentes no son de confiar, que no se cree en los sindicatos, etcétera. Y la guinda del pastel, a la pregunta si el gobierno hace esfuerzos para garantizar el derecho de organizar sindicatos, el 65 % indica que no hace nada y el 30 % que hace poco.

Antes y ahora el sindicato es insustituible para que los trabajadores se beneficien de las ganancias que con su esfuerzo contribuyen a crear. Uno de los Mártires de Chicago, George Engel, preguntó al tribunal que lo condenó a muerte: “¿Y por qué razón estoy aquí? ¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma que me hizo abandonar Alemania: por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora”. “Aquí también, en esta ‘República libre’, en el país más rico de la tierra, hay muchos obreros que no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una vida miserable. Aquí he visto a seres humanos buscando con qué alimentarse en los montones de basura de las calles”.

La pobreza que empujó a Engel a dejar su país, es la principal causa de la migración de los guatemaltecos. En “Guateprospera”, en esta tierra que calificamos de pródiga, muchos se ven obligados a escarbar en la basura para extraer algún alimento y la mitad de nuestros niños están condenados a la desnutrición crónica.