Oscar Augusto Rivas Sánchez

Estábamos estudiando con Tomás Gómez González, en el salón de sexto año de la Facultad de Derecho, hoy MUSAC; preparábamos nuestro examen privado, cuando ingreso el Decano, don Mario López Larrave, quien me dijo: “es mi cumpleaños y no me ha dado mi regalo, cumplo cincuenta años, nací el mismo día que La Chalana”.  Feliz cumpleaños, pero ¿Qué quiere de regalo?

-Hemos preparado un acto para celebrar a La Chalana, mi regalo es que usted sea maestro de ceremonias. Le expliqué que no debíamos interrumpir el estudio y que además no tenía mayores facultades para tal cosa, pero unos minutos más tarde, Tomas estaba entre el publico y quien esto escribe era maestro de ceremonias.

La mesa principal la ocupaban el Lic. López Larrave, don David Vela, el dotor José Barnoya, el maestro José Castañeda y alguien más. Había una importante cantidad de público. El licenciado Vela hizo una reseña de como un día de marzo de 1922, con Epaminondas Quintana, Joaquín Barnoya, Alfredo Valle Calvo, José Luis Balcárcel y Miguel Ángel Asturias, se habían reunido en el salón de cuarto año del edificio en que nos encontrábamos, con el propósito de crear algunos versos que reseñaran la visión que el estudiante universitario tenia, de la vida política del país. 

El doctor Barnoya, “El Sordo”, relato que: nació unos días después de La Chalana, que su papá se lo contó a un amigo, el cual le dijo “para celebrarlo, TENEMOS QUE PONERNOS UNA BOMBA”, expresión que en el argot estudiantil no era más que una celebración arrullada por Baco, pero como Barnoya  y compañeros de Chalana, para el gobierno ya eran “sospechosos”, los vigilaba un oreja que dio parte de que “pondrían una bomba”, lo que originó que fueran capturados y conducidos a la cárcel. Terminó comentando que por tal suceso su mamá “había perdido la leche” y como consecuencia, a él lo amamantaron con una leche que le origino que le crecieran las orejas, dando motivo a su apodo.

El Maestro Castañeda, recordó como a su casa llegó uno de los mencionados, para pedirle que le pusiera música a los versos, los que fueron musicalizados a ritmo de marcha, para luego convertirse en el himno san carlista.

Seguidamente nos trasladamos al corredor, donde la facultad había ordenado la colocación de una placa conmemorativa, cuya develación fue encargada a don David Vela; pero se juntaron la estatura de don David y mala instalación del paño que cubría la placa, de modo que el maestro de ceremonias hubo de ayudar a don David, develando la placa. La Asociación Coral El Derecho interpretó La Chalana, con un arreglo que el maestro Castañeda me dijo que nunca había oído antes, pero que le parecía magnífico.

El jueves pasado, en el concierto de la Orquesta Sinfónica, escuchamos otro hermoso arreglo de La Chalana, que en su sepultura ha de haber alegrado mucho a su autor.

Don Mario nos invitó a la celebración en su casa en Santa Rosita, ni Tomas ni el maestro de ceremonias asistimos, preocupados por el próximo examen.

Ahora que se celebran los primeros 100 años de La Chalana, quise recordar lo que sucedió a la mitad del camino.